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Eduardo Mateo

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Ángel Eduardo Mateo López (Montevideo, 19 de septiembre de 1940-Ib., 16 de mayo de 1990), más conocido como Eduardo Mateo, fue un músico, compositor, cantante y guitarrista uruguayo, considerado una de las figuras más influyentes e innovadoras de la música popular del Uruguay. Reconocido por su singular síntesis de candombe, bossa nova, samba, beat y otras tradiciones musicales, desempeñó un papel fundamental en el surgimiento de una identidad musical uruguaya moderna durante las décadas de 1960 y 1970. Su obra ejerció una profunda influencia sobre generaciones posteriores de artistas, entre ellos Rubén Rada, Jaime Roos, Fernando Cabrera y numerosos exponentes de la música popular rioplatense. Criado en un entorno familiar estrechamente vinculado al carnaval y candombe, Mateo inició su trayectoria musical durante la adolescencia en agrupaciones de samba y música brasileña, como O Bando de Orfeo. A comienzos de la década de 1960 profundizó su interés por la bossa nova, especialmente por la obra de João Gilberto, influencia que marcaría de forma decisiva su estilo como guitarrista y compositor. Posteriormente integró grupos como Los Malditos y participó activamente en los Conciertos Beat, movimiento que contribuyó a legitimar el rock y las nuevas expresiones juveniles en Uruguay. En 1967 fue uno de los fundadores de El Kinto, conjunto pionero en la fusión del candombe con el rock y otras corrientes contemporáneas, experiencia considerada fundamental en el desarrollo de la música popular uruguaya. Tras la disolución del grupo emprendió una carrera solista que dio origen a álbumes de gran relevancia artística, como Mateo solo bien se lame, Mateo y Trasante y Cuerpo y alma. Durante la década de 1980 continuó expandiendo su universo creativo mediante nuevos proyectos escénicos y discográficos, entre ellos los espectáculos agrupados bajo el concepto de «La Máquina del Tiempo», propuesta que integraba música, reflexión filosófica y elementos de ciencia ficción. Aunque su situación material permaneció inestable y muchas de sus iniciativas encontraron dificultades para alcanzar una amplia difusión, su prestigio entre músicos, críticos y seguidores continuó creciendo de manera sostenida. Mateo falleció en Montevideo el 16 de mayo de 1990 a causa de un cáncer abdominal, cuando se encontraba desarrollando nuevos proyectos musicales y atravesaba un período de renovado entusiasmo creativo. Tras su muerte, su figura experimentó un proceso de revalorización constante que lo convirtió en una referencia central de la cultura uruguaya. Su legado ha sido objeto de numerosos estudios académicos, homenajes, reediciones discográficas y reconocimientos institucionales, mientras que su influencia continúa siendo visible en gran parte de la producción musical uruguaya contemporánea. Considerado por amplios sectores de la crítica como un creador fundamental en la definición de una identidad musical uruguaya moderna, Eduardo Mateo es reconocido por haber integrado de manera innovadora las raíces afro-uruguayas, la tradición brasileña y las corrientes internacionales de su tiempo en una obra de notable originalidad. Su producción artística, caracterizada por la experimentación constante, la sofisticación armónica y una profunda sensibilidad expresiva, ocupa un lugar central en la historia de la música popular de Uruguay y de América Latina. Eduardo Mateo nació en el hospital Pereira Rossell de Montevideo, el 19 de septiembre de 1940, y fue el primero de los tres hijos del matrimonio de Ángel Manuel Mateo Alonzo y Silvia López. Su segundo nombre, por el que sería conocido toda su vida, fue un homenaje de Silvia al músico Eduardo Fabini, a quien admiraba y del cual en una época había sido empleada. El gusto por la música definía a la familia: su padre era carnavalero y su madre una apasionada del canto. Por otra parte, su tío «Tito» —Jorge Giménez, esposo de una hermana de Silvia— tenía un grupo de música brasileña y tocaba pandero, además de ser un gran percusionista de candombe. La presencia de «Tito» en la casa de los Mateo-López era constante. De este modo, Eduardo creció en un ambiente musical dominado por el candombe y el samba, y aprendió algunas técnicas de percusión con su tío. Eduardo concurrió a la escuela n.º 98 «Juan Zorrilla de San Martín». Eduardo recordó de mala manera aquella etapa: Mauricio almada:¿Te gustaba la escuela cuando eras chico? Mateo:No, no. Mauricio almada:¿Te portabas mal? Mateo:Si. Mauricio almada:¿Que cosas hacías por ejemplo? Mateo:¡Que se yo lo que hacia! Jugaba a las figuritas, me distraia, copiaba, no hacia los deberes, era horrible en conducta. Y por ende en todo,¿No? De Alencar Pinto, Guilherme (1995). «Un hijo como don Eduardo». Razones locas. El paso de Eduardo Mateo por la música uruguaya. p. 22-23.  Prefería, en cambio, salir a tocar candombe en la calle, junto con su padre y su hermano Carlos. Al respecto, Carlos recuerda: El viejo tenía la noción de los tres tamboriles. A Mateo, cuando era muy chico, le regalaron un tamboril. Cuando el viejo iba al tablado o iban a los desfiles de carnaval, él llevaba el tamborcito de él y tocaba. Después el viejo ya compró los tres tamboriles grandes, y ahí tendríamos unos ocho o diez años, y en todas las fiestas salíamos a tocar, ¿no? El que sabía tocar más era mi hermano y se revolvía ahí con los amigos y con el viejo, y yo siempre acompañaba. Como yo era petiso, agarraba el tamboril chico. Y el viejo tocaba el grande, y él el repique, que era el que dominaba. De Alencar Pinto, Guilherme (1995). «Un hijo como don Eduardo». Razones locas. El paso de Eduardo Mateo por la música uruguaya. p. 15.  Más tarde, los hermanos se unieron a una murga de niños, cuyo repertorio consistía en tres o cuatro canciones de música popular con letras escritas por Ángel Mateo, por el integrante de más edad —también llamado Carlos—, y por el propio Eduardo, que además guiaba al grupo y cantaba. A la edad de catorce años, Eduardo pasó a integrar una agrupación de murga adulta acompañando a su padre. Por esa época comenzó a interesarse más seriamente por la música brasileña —particularmente por Waldir Azevedo— y compró un cavaquinho, con el que aprendió a tocar la canción «Cuando llora la milonga», de Luis Mario y Juan de Dios Filiberto. Los dos hermanos fueron al liceo Joaquín Suárez; pero Eduardo abandonaría la enseñanza secundaria en el segundo año y, Carlos, en el cuarto. Eduardo, más tarde, se autodefiniría como «el peor de la clase». Al abandonar sus estudios, trabajó un tiempo como relojero y luego como apicultor. Durante 1957, junto con Juan Manuel Acosta y Robert Paolillo —dos amigos del barrio— e influido por el entonces exitoso grupo brasileño «Os Demônios da Garoa», Mateo formó su primer grupo, con el que tocó un tiempo en un bar. Instrumentalmente, la agrupación se componía de un surdo, un agogô y un pandero. Mateo tocó el pandero y eventualmente un cavaquinho. En esa época, paralelamente, concurría a la casa de un vecino, Arnoldo Chuster, que tocaba algo de guitarra y le enseñó algunos acordes. En 1958 formó la agrupación «O Bando de Orfeo». Esta fue integrada por Arnoldo Chuster (guitarra acústica), «Chiquito» Facal (pandero, tambor y voces), Hugo "Cheche" Santos (Tam-tam, surdo y voces), Víctor Villarreal (afuché y maracas) y Eduardo Mateo (cavaquinho). Mateo además arreglaba las voces y lideraba el grupo. Ensayaban lunes, miércoles y viernes, y su repertorio consistía básicamente en canciones de «Os Demônios da Garoa». Durante dos años tocaron en la calle, en cumpleaños y en fiestas, y eran con frecuencia invitados para «tablados» en Carnaval. Por aquella época tocaron «Os Demônios da Garoa» en Montevideo e invitaron a «O Bando de Orfeo» para que tocasen con ellos. Luego del recital —en el que llegaron a tocar las dos agrupaciones juntas— les dejaron varios de sus instrumentos de regalo. En 1960, durante el apogeo de «O Bando de Orfeo», Mateo se ennovió con Nancy Charquero, una vecina dos años

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