Moris (Mauricio Birabent)
Mauricio Birabent (Buenos Aires; 19 de noviembre de 1942), conocido como Moris, es un cantante, músico y compositor argentino. Junto con Litto Nebbia, Javier Martínez, Miguel Abuelo, Pajarito Zaguri y Tanguito (todos frecuentadores del bar La Cueva, uno de los epicentros de los cuales surgió el rock argentino), es considerado uno de los pioneros más destacados del rock en español. Moris, más que una figura del rock argentino, es una figura del rock en español en toda su amplitud global, generando puentes culturales entre el Rock de Argentina y el de España merced a sus trabajos en ambos países. Su legado es tan influyente que, al día de hoy, es quizás la única figura de culto común a las escenas de ambos países. En 1966 fue uno de los pilares del rock en Argentina y, diez años más tarde, en 1976, influencia fundamental para la consolidación del rock en español en la propia España. Ante esto, la Fundación Konex le otorgó la Mención Especial a la Trayectoria en 2015 por su invaluable aporte a la música popular. Moris comenzó su carrera al fundar la agrupación Los Beatniks, con los que grabó en 1966 el primer sencillo de su carrera, Rebelde/No finjas más. Para promocionarlo, organizaron un escándalo para lograr llamar a una revista llamada "Así" (una de las más sensacionalistas y populares de la época) y tocaron semidesnudos en una fuente. Las fotografías salieron en tapa y la edición fue censurada por el gobierno de Onganía. Pasaron tres días en prisión, pero lograron una amplísima cobertura de casi todos los medios. Poco tiempo después de que el disco salió a la venta, el grupo ya estaba casi disuelto. Las pobres ventas y algunas actitudes poco habituales para los músicos de la época que no gustaron en la compañía discográfica terminaron por disolver el contrato. En 1967 compuso Ayer nomás, canción que fue popularizada por Los Gatos. Ese mismo año, mientras asistía en los estudios TNT a las sesiones de grabación de Los Gatos, Moris aprovechó un intervalo de la grabación para registrar algunos de sus temas. Las cintas con esos registros sirvieron posteriormente como base de su primer disco, publicado dos años después, en el que participaron Javier Martínez, Pappo y Claudio Gabis. En 1970 fue la fecha en la que editó su primer disco Treinta Minutos de Vida con canciones compuestas entre los años 1967 y 1970. En este álbum se destaca su canción más famosa: El Oso. A fines de julio de 1974 apareció el segundo álbum de Moris: Ciudad de guitarras callejeras fue registrado con una consola de ocho canales, en el estudio de RCA. En las sesiones de grabación participaron el pianista Juan Ciro Fogliatta, los bajistas Daniel Russo y Ricardo Jelicie, los bateristas Ricardo Santillán y Roberto “Corre” López y los cantantes Víctor Gómez y Rubén Parra, que aportaron arreglos vocales. También colaboraron Litto Nebbia, Alfredo Toth y Rodolfo Alchourrón, quien dirigió a un cuarteto de cuerdas. El productor designado por la compañía fue Lalo Fransen. El ex Club del Clan se encargó de resolver cuestiones logísticas y hasta sumó algunos toques de percusión. La tapa del disco presentaba una fusión de dos instantáneas tomadas por el fotógrafo Eduardo Pere. Una de ellas mostraba, en primer plano, el rostro del intérprete. La otra enmarcaba su figura solitaria en una de las calles del Dock Sud. El lado 1 abría con “Mi querido amigo Pipo”. El rasgueo de una guitarra acústica de doce cuerdas –sobre efectos hechos con un pedal wah wah– enmarcaban la irrupción del cantor. Moris, con tono grave y varonil, homenajeaba al coautor de “Ayer nomás”. Una viñeta urbana donde volvía a un pasado feliz con vitrolas sonando por doquier y “cines de treinta guitas”. Puro espíritu tanguero. “En mi casa natal se escuchaban los discos de Carlos Di Sarli y Mariano Mores”, recuerda ahora Moris. “El tema, a nivel instrumental, no tiene relación con el 2x4, pero posee su impronta nostálgica”, analiza. La atmósfera melancólica era reforzada con un sutil arreglo de cuerdas. “Le silbé a Alchourrón la melodía y él, con maestría, la transcribió a una partitura”, rememora Moris. En la lista seguía “Rock de Campana” donde, con despojada sensualidad, el poeta planteaba el abandono de la gran urbe para entregarse a lo inesperado. “La canción nació de mis recorridas por esa ciudad”, comenta. Su ritmo machacante estaba impulsado por las intervenciones de Fogliatta y los aportes de Fransen en tumbadora. Una introducción frenética –con la sólida base de Russo y Santillán– marcaba el comienzo de “Muchacho del taller y la oficina”, un tour de force de nueve minutos. “En realidad eran dos piezas separadas que por sugerencia de mi mujer terminé uniendo”, revela Moris. En la primera parte, Birabent contraponía la vida opulenta de las celebridades con las duras jornadas de los trabajadores fabriles. Luego, el vértigo cesaba y anunciaba: “Estoy viendo campos de concentración forzada. Muchachos de veinte años sirviendo a la casta armada”. La frase –brutal premonición de los tiempos por venir- sería extirpada en la reedición del álbum en el año 1981. “Cuando andaba por El Palomar, pasaba por las inmediaciones de cuarteles plagados de conscriptos. De contemplar dichas escenas surgió esa apreciación”, explica. Después, se producía un in crescendo sonoro donde repetía casi como un mantra: “Estoy pensando en salvarme, para volver a enterrarme”. Su desenlace daba paso a la segunda obra. En ella,retrataba los arrabales de Hurlingham y José León Suárez. Prostíbulos, volcadores, camiones y ferrocarriles formaban parte de esa pintura costumbrista. “Frecuentaba aquellos suburbios porque trabajaba en una empresa de productos químicos”, cuenta Moris. “Con la mano izquierda, conducía mi coche y con la derecha anotaba en una libreta todo lo que veía”. El lado 2 se iniciaba con “El mendigo del Dock Sud”. La entrada secuencial de una guitarra acústica, el bombo de la batería y el piano planteaba el escenario sonoro. Luego, el trovador se asumía como el protagonista de la historia. Un indigente, con pasado de obrero en la industria petroquímica, que vivía debajo de un puente. A pesar de su situación –y como en “La canción del linyera”, popularizada por Antonio Tormo– el desclasado se sentía dichoso. “Ese hombre liberado de todo condicionamiento social, a su manera, era feliz”, reflexiona el autor. La obra rescataba la belleza de una barriada industrial atravesada por el Riachuelo. “Es una reivindicación a ese río contaminado”, define Moris. Continuaba “Tengo 40 millones”, un instante tan breve como efectivo donde el compositor dejaba en claro su amor por Elvis Presley. Otro retrato porteño cuya acción se desarrollaba en la puerta de un cabaret del microcentro: “Allí no utilicé metáforas”. “A veces estoy cansado” comenzaba como un blues y luego viraba al rock. Moris doblaba su voz para lograr, en ciertos fragmentos, un efecto de eco. “Esa letra la escribí cuando, con los amigos de La Cueva, deambulábamos por bares y plazas casi sin dormir”, devela. “Cabalgando por el campo” era una oda rural. Una entrega mid tempo, con arreglos vocales de Gómez y Parra, donde el poeta se dejaba cautivar por la naturaleza. “Tuve un período campestre en el que disfrutaba de extensas cabalgatas. Esa pieza reflejó esas vivencias”. El espíritu de Chuck Berry sobrevolaba en “Te tocarán el timbre”, vibrante momento con un Fogliatta descomunal. El largo brazo de la represión, planteaba el creador, podía llegar hasta la habitación de un hotel alojamiento: “Era un reclamo ante la persecución policial de aquella época”. La ciudad era descripta como una Torre de Babel “hecha de ruido y velocidad”. Sus habitantes estaban atrapados en una “guerra del dinero”. “Medio siglo después nada ha cambiado”, se lamenta. El cierre llegaba con “De aquí, adonde iré”, una joya existencialista. “Reflexioné sobre la vida, el paso del tiempo y la muerte. Inquietudes típicas de los seres humanos”, expresa. Su singular belleza era realzada por un preciso arreglo de cuerdas aportado por
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